martes, 9 de noviembre de 2010

"Asilo"


-No te atrevas a encenderle ese cigarrillo-la voz chillona de mi hermana casi perforó mis tímpanos, entorné los ojos y bajé el encendedor derrotistamente, papá me miraba desde el fondo de sus ojos acuosos y estáticos, parecía que a pesar de su “diagnóstico” podríamos seguir comunicándonos como lo hacíamos siempre, solo que de esta vez no habían risas burlonas y el sol de la siesta lo dejaba con un aire más melancólico.
Enfundada en su gabán “burberry” y sus gafas enormes mí hermana estaba muy parecida a una abeja gigante, mientras parloteaba frenéticamente sobre las responsabilidades que de ahora en adelante significarían cuidar a papá. (Me parecía que al pronunciar esa palabra fruncía algo su respingada y empolvada nariz)
Tomé sus manos y deposité en una de ellas (sin que la bruja de mi hermana se dé por enterada) mi encendedor amarillo, se me ocurrió que el pobre casi sonreía de felicidad.
-Pero como te dije  Moira habrá que ver cómo hacemos con el tema de pagar este lugar que no es barato para nada-desde lejos me llegaban sus palabras con olor a Channel, dinero esto, dinero aquello, Edith solo sabía hablar de dinero.
Papá no hubiera querido terminar sus días en esta mohosa clínica, la partida de mamá lo había afectado de tal manera que ahora estar aquí le daba igual.
-Bueno yo me voy, cuida de que no tome mucho sol-hablaba como si él no estuviera allí, como se habla generalmente cuando están los niños. Se marchó.
-Ok-suspiré, me senté a su lado y encendí un cigarrillo, él se puso el suyo en la boca y temblequeando sus rugosas manos encendió el suyo, me miró por un rato, después de una bocanada ladeó la cabeza  y se quedó mirando mis manos.
-Me gustan tus manos Érica-dijo con voz carraspeada, (siempre me llamaba por mi segundo nombre no sé por qué, quizás porque mi  primer nombre era el mismo que el de mamá.)
-¿Pondrás violetas en el jarrón? La pieza es bastante oscura y me da miedo cuando viene ese enfermero gordo con sus pastillas…
Mi corazón estaba tan chico que no sabía cómo mirarlo, a él que me leía con ganas a Saint-Exupery  ( yo quería también ver al elefante al que se tragó la víbora)
Sentía que la siesta, la tarde, la noche…todo era tan igual allí, el tiempo era algo como una circunferencia, la serpiente que se traga su propia cola, ahora yo era papá cuidándome y él era yo con miedo a los enfermeros.
El banco era duro y el lapacho tapizaba el jardín con sus violetas flores, una brisa tibia me rozaba las mejillas, me gustaba el silencio de estar con él, el olor a su colonia y sus pantuflas de franela, sentir su hombro que tantas veces había sido mi lugar de desahogo.
Érica, mi niña pobre- el viejo había estado mirándome y me descubrió escudriñando el cielo lapislázuli.
Le acerqué la revista dominical que tenía en la falda y le di un beso sonoro en la calva, mientras extraía el frasco de mi bolsillo.
Me voy-dije mientras poniéndome de pié alisaba mi camisa.
¿Me traerás más cigarrillos? Aquí no me los quieren dar-dijo él como enfurruñado.
Si papito- le sonreí – ahora tómate tus medicinas- le dije dándole las pequeñas pastillas.
La toxina butolínica no tardaría en hacer con que su sistema nervioso por fin falle y deje de funcionar-En eso pensaba mientras me tomaba un cappuccino sobre la acera soleada del café Vienés.

martes, 2 de noviembre de 2010

"Simulacros"

La habitación está infestada de jóvenes y ni tanto, “hombres” en un contexto general, todos ríen, se codean, -congenian.
Reunidos en un espacio no del todo cómodo, sin embargo están extasiados,
Hasta se  puede sentir el aroma de sus testosteronas en el ambiente narcotizado.
El más fortachón de todos toma el control y carraspea sonoramente, todos hacen silencio, como si de una reverencia se tratase.
Un flaco de rostro anguloso atraviesa dificultosamente la pila de cuerpos apiñados en la pequeña sala y llega hasta él. Lo mira por sobre sus gruesas gafas de molduras y ensaya una media sonrisa.
Todos suspiran como si con esa actitud el tiempo se detuviera entre los dos “contrincantes”.
Nadie dice nada, todos esperan.
El fortachón analiza el semblante del desafiador y no se inmuta, simplemente le tira el control del “playstation”  y bafea.
Así comienza los sonidos repetitivos  de los dedos furiosos contra los botones.
Los ojos de todos están como hipnotizados con la  pantalla del televisor, sangre virtual se refleja en ellos.
Ansiosos, furiosos, así se los ve, hay algo de ritual en cada reunión de  juegos.

*Sin embargo yo sé la verdad, porque también fui uno de ellos, uno de esos aficionados, sé que lo que los mueve no son las ganas de jugar, son las ansias de dominar, de matar…de ser impunes.
Sé lo que corre por nuestras venas de negra sangre cuando el enemigo está ahí y el poder de su vida está en nuestras manos…
Hace 67 días, 1 hora y 3 minutos que he dejado de jugar,
No sé si me encontrarán aquí en este parque oscuro, pero lo que sí recuerdo es la cara de mi contrincante en la última batalla virtual que tuvimos, aunque su navaja  no parecía muy ficticia… ¿o no o recuerdo con claridad?