miércoles, 1 de agosto de 2012

“Presagio de Agosto”


Era un primero de agosto, lo recuerdo puesto que todos los primeros de agosto suelen ser iguales. Había un ventarrón extraño, de esos que vienen del Norte y hacen ulular pequeños sacos plásticos en los baldíos.
No recuerdo si había luna, o la recuerdo en partes, recortada entre el los bloques de los edificios. Lo que con claridad se quedó en mi memoria fue el olor; si, la noche olía a tierra roja mojándose, quizás por el viento o la nostalgia, ¿Quién sabe?
Estaba cansado, el día había sido largo, caminaba por entre los callejones oscuros arrastrando los pies pesadamente, en cada esquina un guardia nocturno aparecía detrás del pequeño fulgor de su cigarro (podía oír la estática de sus radios zumbando bajito)
Doblé como de costumbre en la última cuadra, decidido a llegar a casa antes de que se desatara la tormenta, los arboles silbaban su melodía de hojas entrechocadas, yo solo pensaba en llegar.
Algo en ese mismo momento ocurrió, para conmoción mía, no sabría realmente calificar el evento, no hay palabras que se ajusten a lo que pude presenciar.
Intentaré explicarlo diciendo que “ella” surgió de la nada, había en sus ojos tanta tristeza que no pude más que atinar a mirarla detenidamente.
Me sonrió, como suelen hacerlo las mujeres cuando saben que su tiempo ha pasado y que solo les resta aquel instante (lo sé porque eh conocido a la mujer que la muerte un día me arrebató)
De su aspecto nada puedo invocar a no ser su belleza melancólica y su mechero de plata brillando en la oscura esquina que mis ojos prepararon para que sea suya.

Lo digo así, lo digo distendidamente, es la única manera que tengo de no perder el juicio, dado que desde aquí no hay mucho que pueda hacer para cambiar lo que ocurrió.
(Sé que algo en ella hizo que volviera a verla, a “ella”, la otra)
Y Ahora la miro en mi cama, parece dormida, como parecía la otra, pero sé que no duerme…no duerme.
Es por eso que yo ya no lucho en contra, siempre que lo hago pierdo.
Por más que mis deseos sean intensos y por más que intente aferrarme a ellos, siempre pierdo.
No son solo mis herramientas de trabajo las que me traicionan, no.
Estoy convencido de que son mis propias manos, sí, ¡las mías! las que tejen esta trama grotesca confabuladas con “ella” a la que nunca puedo vencer.
Siempre termino derrotado, “La Muerte” es una tramposa, al final siempre me arranca a todas aquellas a las que decido amar, siempre cada primero de agosto.

lunes, 16 de julio de 2012

"Os cafés da zona"


Ela olhou para o bule e achou engraçado,
Ninguém começava um conto com a frase
“Em un café perto da favela”.
Os cafés sempre eram em Paris.
Recolheu a xícara e chorou amargamente.
A barriga incomodava um pouco,
Mas logo na vertigem das pílulas tomadas esqueceriam.
Decidiu-se em acreditar no que o futuro
Lhe trouxesse na borra daquele maldito café brasileiro.
A xícara espatifou-se no chão.

martes, 5 de junio de 2012

“La noche del último día del último invierno”


Miro; este infinito cielo que nos cubre (irónicamente nunca lo había visto así)
Hace frío y el vino desciende lentamente hasta nuestras conciencias, nos abriga.
(¡Pavor! mi piel entera lo siente)
El pastizal brilla con esa incandescencia que le da el invierno, la tierra bajo mis pies en cada impulso que tomo para volver a columpiarme  va haciéndose más viscosa.
A mi lado siento que también te deslizas, te columpias, ríes. Todo eso lo haces de manera aleatoria, sé que tu cuerpo está allí, pulsando, lleno de espantos, eres tan joven, frágil - me digo- tus pies en la misma tierra húmeda que está susténtanos/es de noche y todo vibra en un tono que no alcanzo a distinguir (tanto es el terror)
Rio también, es justo –supongo- quizás porque esta noche no me la esperaba, no así, no con tanto horror de por medio.
A lo lejos las sirenas suenan, repetitivamente (esa fúnebre melodía)
Otras parejas también buscaron abrigo en este parque (al cabo que somos predecibles en materia de “últimos instantes”)
¿Ya es tarde? Quiero que lo sea, es absolutamente necesario que sea lo suficientemente tarde para olvidarnos  de todo/s  lo/s  que dejamos atrás.
Sabemos (o tratamos de hacerlo) que vendrán, no nos dejarán aquí… solo de pensarlo, la desesperación entorpece mis sentidos.
Fumo un cigarrillo mientras te doy un beso- por las dudas-no sea cosa que nos encuentren desprevenidos, sin habernos al menos dicho las cosas patéticas que se dicen los que se quieren cuando son conscientes de que aquel es el último instante, el último vaso, el último tacto.
Mi respiración va agitándose, mientras trato de concentrarme solo en tu rostro pálido y perfecto, trato de hacerlo pero veo como tus pupilas dilatadas me exigen una respuesta, una respuesta que no tengo yo, no la tiene nadie…
El parque entero parece llorar con nosotros, sus lúgubres faroles de anoréxicas luces, sus pastizales enfermizos. Las parejas (algunos con niños) son bultos horripilantes en las penumbras, entre destartalados columpios y fuentes mohosas.
*Recuerdo que una vez me preguntaste como lucirían “Ellos” y reímos hasta desternillarnos ¿que sabíamos entonces? ¿Que sabemos ahora?
No importa-me digo mientras busco tu mano tibia, estas tiritando, no es el frio, lo sé.
Te doy una caricia tímida sobre las mejillas,  luego te vuelvo a besar, lo hago desesperadamente, correspondes con la misma necesidad de no apartarme, de creer que es lo único que puedes hacer ahora que sabemos nuestros destinos.
*A lo lejos un niño grita, un largo y espantoso grito, que no se puede, no se debe describir.
Vienen-me dices susurrando, tan cerca tus labios que puedo sentir sus jadeos disimulados, clavo las uñas en tus muslos mientras lloro, primero bajo luego desconsoladamente y te ciño a mi cuerpo.
La última cosa que veo son las sombras, esas largas y finas sombras que van rodeando el parque, luego solo la luz, la luz que todo extingue.

viernes, 6 de abril de 2012

"Celestiales"


Masticó despacio; aquellos confites le parecían familiares.
El platito con los glaseados ahora vacío, miró tristemente.
(Recordó tener no más de 7 años, la torta pomposa, los mismos confites)
Resopló, estaba aburrido, dos horas en la misma confitería aguardando.
Oteo de reojo, la chica/jersey azul se recostaba de forma felina contra el mostrador de magdalenas y bizcochos, le regaló un guiño.
 Irritado, levantó el periódico para resguardarse de aquella criatura del demonio.
Apretó los dedos de la mano en el bolsillo, el metal frió lo apaciguó.
Sonó la campana de la puerta, al abrirse; aquella visión celestial se materializó ante sus ojos.
Era lo que había estado esperando tan impacientemente.
Arrugó un par de billetes y los dejó sobre la mesa, torpemente se puso de pie, dirigiéndose al lavado.
El agua en la cara lo refrescó, se miró al espejo, con los labios temblando.
-No lo harás- se dijo firmemente.
La madre/jersey azul  de la criatura celestial salió del mostrador a recibirla,
Le arregló los rulos y le dio un par de bizcochos para el camino.
La niña/imagen celestial salió de la tienda dando saltitos.
En la plaza cercana Cristiano cubría su rostro cedrino con el periódico mientras apreciaba aquella imagen celestial, apretando fuertemente su rosario con la otra mano.

"El último inmortal"


Él lo veía venir, desde lo más profundo de sus huesos.
La apatía que se había instalado en su estructura molecular era antiquísima,
Más que su propia inmortalidad.
Le sorprendió no sentir antipatía al mirar por la ventana donde bultos oscuros preñaban el cielo anunciando tormenta.
No dejaría que aquella ataraxia dictaminara su humor-Pensó ceñudo.
Aunque sospechase que era exactamente eso lo que le irritaba de sobremanera.
Le afectaba el hecho de no poder salir de aquel estupor, el ignorar.
¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? Se preguntaba retóricamente, absurdamente.
La vida, su vida, tan infinita como la propia muerte que nunca llegaría.

"De las carnes"

Al atardecer, con los pies descalzos sobre las frías baldosas Melina sentía un entumecimiento consabido en su cuerpo delgado.
Las náuseas habían empezado unos días atrás.
 Desde entonces volvió a revivir cada instante del horror, como autoflagelo.
Todas las madrugadas eran una, la misma en que su pelvis estrujada contra la pared de ladrillos ásperos, la misma en que el gusto de formol en su mordaza.
 Trastornos, el descubrimiento de ese  “algo”.
Melina desvelada aguardando aquellos ángeles de tiza que en sus dorados barcos la salvarán más allá de esa fuente de dolor, más allá de ese amor.
Toma el frasco y se dirige al lavado.
Vuelve a la cama y duerme el sueño de las noches amanecidas.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

"No-Amor"


Nunca seré tu amor –había dicho mientras besaba mis rodillas.
Nunca en mi vida había visto una nuca más hermosa.
Nunca había sentido líquido más tibio sobre mis muslos.
(Nunca se había percatado de las agujas de tricot atravesándole el pulmón hasta el diafragma)

martes, 15 de noviembre de 2011

"Viajeros"


Nada podía hacer en contra de aquel sentimiento asfixiante, lo sabía.
Sintió las carnes entumecidas debajo de las nalgas-el río y sus duras rocas-pensó.
El olor del tabaco le llegaba dulce. Mientras fumaba, esperaba, la ansiedad era un calamar enredado en su garganta, entre toses secas y escupitajos maldecía su suerte aquella mañana.
 Siguió esperando.
Tiró la cabeza hacia atrás, achicó los ojos, el sol de la ribera subía lentamente.
-Es temprano- se dijo, quiso asegurarse, dobló el codo; 05:30.
Mientras más lo pensaba, más descabellada le parecía su decisión,
¿Que podría hacer para evitarlo? Era inútil, lo sabía.
La piel se le erizó, respirando con dificultad se puso de pié,
Aseguró haber vaciado los bolsillos, usó la mano derecha como visera,
Una lágrima escuálida resbalaba por su mejilla.
(No echaría de menos nada, al menos eso creía)
Miró a lo lejos, pequeñas ondas circulares empezaban a formarse en el centro del río.
Una sonrisa  estampó su semblante.
-Es hora-  se dijo, como aquel que  entiende que  el viaje empieza, acepta su destino.

(Sabía que era él, reconoció su cuerpo escamoso, brillante, tornasolado, el grito animalesco al tomarla en sus brazos y llevarla al fondo)

viernes, 30 de septiembre de 2011

“Discípulas”


Cristiano entró a la iglesia jadeante, entre los últimos bancos se acomodó como pudo. (Allí no lo encontrarían tan fácilmente)
Cerró los ojos e inspiró el aroma tenue del incienso quemándose (más una vez, solo tú y yo Señor, no me dejes verlas, no me dejes verlas, amén)
Intentó no mirar a los costados, sabía que estarían por ahí, en cualquier momento las pequeñas criaturas descarriadas poblarían el recinto sagrado.
(Ellas, siempre tan inapropiadas, con esos pequeños bustos incipientes y esos labios como cerezas, pequeñas diablitas dispuestas a seducirme, no cederé Señor, no cederé a la tentación, amén)
Sudaba, temblaba, absorbido en la tarea de juntar las manos, tratar de no pensar en “Ellas”.
Las campanas de la iglesia anunciaban la misa de las 7:00 hs.
Pronto sería demasiado tarde, demasiado tarde para arrepentirse.
(No cederé otra vez, no cederé Señor, no permitas que ellas vuelvan a embrujarme, no dejes que vuelva a probar esas carnes blandas, esa sangre tibia)
Poco a poco un corro de niñas iban empujándose al entrar, torpemente llegando hasta Cristiano, sacándolo de su estupor.
-¡Profesor!- dijo una pelirroja pecosa y le tendió la manita alcanzándole un chupetín- ¿Empezaremos pronto la catequesis?
Cristiano sonrió (Demasiado tarde, demasiado tarde Señor)

miércoles, 31 de agosto de 2011

"El podador"

Con un ¡Crack! La rama se desprendió del árbol y cayó estrepitosamente al suelo,
Elevando pequeñas partículas de polvo que motearon las páginas de mí libro.
(Abril y ni señales del tan ansiado Otoño)
El viejo podador levantó una ceja para admirar su obra,
Luego se volvió hacia mí con el sudor resbalando aun en la mano en busca de mi aprobación.
Despegué lentamente la vista de mi libro para mirar tímidamente al frondoso árbol de mora
Ahora mutilado, pelado, grotesco en toda su dimensión.
Le devolví un leve cabeceo en respuesta, apenas como un cumplido.
El viejo me estudió un rato con sus pequeños ojuelos, sacándose la mugrosa gorra y limpiándose la frente con el brazo moreno.
Esbozó algo muy parecido a una risa que hizo temblar a su nutrido bigote (me recordaba vagamente a un gran escobillón) Se dio por satisfecho, prosiguió en su labor.
Una tras otras las ramas iban cubriendo el piso del jardín.
Caían torpes, pesadas, muertas (Creí oír alaridos de los árboles al ser desmembrados)
Mansfield* no había logrado alienarme del todo.
Los mirtos, ficus, guayaberos…
¡Dios! ¡Qué desnudo había quedado el jardín!
Y el viejo seguía allí con su gran tijera podadora, riendo solo de forma abominable.
Cerré los ojos y demoré un poco en volver a abrirlos,
Cuando lo hice miré el desolador paisaje de miles de ramas descuartizadas,
Los árboles indefensos, sin brazos me entristecieron de sobremanera.
Entonces algo dentro de mí recordó que era otoño.
(Los árboles mutan en otoño, luego regresan esplendidos en primavera)
El viejo podador me observaba con un aire de irritación.
Me puse de pié de un salto (el libro fue a parar a sus pies)
Al escuchar su resoplido le regalé una de mis más francas sonrisas.                                            Agachándome lentamente fui cogiendo la gran tijera
(El sonido de la carne rasgándose fue lo ultimo que escuché)
Volví ruborizada a acurrucarme en el sillón recordando que era “otoño”
Y el vestido se me había manchado.Sonreí.
13/04/09

jueves, 16 de diciembre de 2010

"Arboles encendidos"

Deambular por el parque nocturno (ojos y ojos se posan sobre otros ojos desprevenidos).
 Estancados en un callejón  donde en la oscuridad brillan navajas anónimas.
(¡Ay! Angustia  y desesperación tomando el mismo taxi a las tres.)
Volver el cuello y sentir el escalofrío de no ver a nadie, sin embargo, presentirlo.
Sentir crujir las ramas de los árboles bajo nuestros pies (noche de vientos que susurran de forma fantasmagórica).
Una mano crispada, la otra cubriendo el rostro, dos cuerpos que no se reconocen entre tantas tinieblas.
¡Horror! En la yugular sentir el nylon  de la muerte, la última bocanada de aire, ver las estrellas algo borrosas confundidas entre los árboles (¿acaso como árboles encendidos?).

martes, 9 de noviembre de 2010

"Asilo"


-No te atrevas a encenderle ese cigarrillo-la voz chillona de mi hermana casi perforó mis tímpanos, entorné los ojos y bajé el encendedor derrotistamente, papá me miraba desde el fondo de sus ojos acuosos y estáticos, parecía que a pesar de su “diagnóstico” podríamos seguir comunicándonos como lo hacíamos siempre, solo que de esta vez no habían risas burlonas y el sol de la siesta lo dejaba con un aire más melancólico.
Enfundada en su gabán “burberry” y sus gafas enormes mí hermana estaba muy parecida a una abeja gigante, mientras parloteaba frenéticamente sobre las responsabilidades que de ahora en adelante significarían cuidar a papá. (Me parecía que al pronunciar esa palabra fruncía algo su respingada y empolvada nariz)
Tomé sus manos y deposité en una de ellas (sin que la bruja de mi hermana se dé por enterada) mi encendedor amarillo, se me ocurrió que el pobre casi sonreía de felicidad.
-Pero como te dije  Moira habrá que ver cómo hacemos con el tema de pagar este lugar que no es barato para nada-desde lejos me llegaban sus palabras con olor a Channel, dinero esto, dinero aquello, Edith solo sabía hablar de dinero.
Papá no hubiera querido terminar sus días en esta mohosa clínica, la partida de mamá lo había afectado de tal manera que ahora estar aquí le daba igual.
-Bueno yo me voy, cuida de que no tome mucho sol-hablaba como si él no estuviera allí, como se habla generalmente cuando están los niños. Se marchó.
-Ok-suspiré, me senté a su lado y encendí un cigarrillo, él se puso el suyo en la boca y temblequeando sus rugosas manos encendió el suyo, me miró por un rato, después de una bocanada ladeó la cabeza  y se quedó mirando mis manos.
-Me gustan tus manos Érica-dijo con voz carraspeada, (siempre me llamaba por mi segundo nombre no sé por qué, quizás porque mi  primer nombre era el mismo que el de mamá.)
-¿Pondrás violetas en el jarrón? La pieza es bastante oscura y me da miedo cuando viene ese enfermero gordo con sus pastillas…
Mi corazón estaba tan chico que no sabía cómo mirarlo, a él que me leía con ganas a Saint-Exupery  ( yo quería también ver al elefante al que se tragó la víbora)
Sentía que la siesta, la tarde, la noche…todo era tan igual allí, el tiempo era algo como una circunferencia, la serpiente que se traga su propia cola, ahora yo era papá cuidándome y él era yo con miedo a los enfermeros.
El banco era duro y el lapacho tapizaba el jardín con sus violetas flores, una brisa tibia me rozaba las mejillas, me gustaba el silencio de estar con él, el olor a su colonia y sus pantuflas de franela, sentir su hombro que tantas veces había sido mi lugar de desahogo.
Érica, mi niña pobre- el viejo había estado mirándome y me descubrió escudriñando el cielo lapislázuli.
Le acerqué la revista dominical que tenía en la falda y le di un beso sonoro en la calva, mientras extraía el frasco de mi bolsillo.
Me voy-dije mientras poniéndome de pié alisaba mi camisa.
¿Me traerás más cigarrillos? Aquí no me los quieren dar-dijo él como enfurruñado.
Si papito- le sonreí – ahora tómate tus medicinas- le dije dándole las pequeñas pastillas.
La toxina butolínica no tardaría en hacer con que su sistema nervioso por fin falle y deje de funcionar-En eso pensaba mientras me tomaba un cappuccino sobre la acera soleada del café Vienés.

martes, 2 de noviembre de 2010

"Simulacros"

La habitación está infestada de jóvenes y ni tanto, “hombres” en un contexto general, todos ríen, se codean, -congenian.
Reunidos en un espacio no del todo cómodo, sin embargo están extasiados,
Hasta se  puede sentir el aroma de sus testosteronas en el ambiente narcotizado.
El más fortachón de todos toma el control y carraspea sonoramente, todos hacen silencio, como si de una reverencia se tratase.
Un flaco de rostro anguloso atraviesa dificultosamente la pila de cuerpos apiñados en la pequeña sala y llega hasta él. Lo mira por sobre sus gruesas gafas de molduras y ensaya una media sonrisa.
Todos suspiran como si con esa actitud el tiempo se detuviera entre los dos “contrincantes”.
Nadie dice nada, todos esperan.
El fortachón analiza el semblante del desafiador y no se inmuta, simplemente le tira el control del “playstation”  y bafea.
Así comienza los sonidos repetitivos  de los dedos furiosos contra los botones.
Los ojos de todos están como hipnotizados con la  pantalla del televisor, sangre virtual se refleja en ellos.
Ansiosos, furiosos, así se los ve, hay algo de ritual en cada reunión de  juegos.

*Sin embargo yo sé la verdad, porque también fui uno de ellos, uno de esos aficionados, sé que lo que los mueve no son las ganas de jugar, son las ansias de dominar, de matar…de ser impunes.
Sé lo que corre por nuestras venas de negra sangre cuando el enemigo está ahí y el poder de su vida está en nuestras manos…
Hace 67 días, 1 hora y 3 minutos que he dejado de jugar,
No sé si me encontrarán aquí en este parque oscuro, pero lo que sí recuerdo es la cara de mi contrincante en la última batalla virtual que tuvimos, aunque su navaja  no parecía muy ficticia… ¿o no o recuerdo con claridad?

jueves, 26 de agosto de 2010

"El retorno"


La luna vomitaba su enfermiza luz sobre la arena castaña.
Toda esa inmensidad plateada cabía en sus ojos oblicuos en la noche. Él estaba solo, tan solo como quería.
Desde la fría piedra en la que se había desplomado oía el mar aturdirle.
 Extraña estela: su delgado cuerpo, su negra cabellera esparcida cual calamar muerto.
Del muelle le llegaba el aroma pútrido de madera y peces muertos,
Era el perfume de su angustia y él lo reconocía.
Revolvió los bolsillos y encontró el papel arrugado que contenía el motivo de su desesperanza.
-“Ella”-(suspiró)…
Ahora todo le parecía inútil y sin sentido.
Se incorporó lentamente, dentro del puño cerrado, el celuloide del olvido, el dolor echo líneas.
Ahogó un grito tomándose de las rodillas acercando la frente sobre ellas,
Aquello dolía, más de lo que él podía soportar.
El castañeo de sus dientes era una  melodía repetitiva, su cuerpo entero convulsionaba en una rabia antigua, una rabia tan poderosa que lo mantenía aún con vida.
El viento era espeso y salado, el  sentía como chicoteadas cada embuste de este sobre su rostro filoso.
Miró su reloj, como queriendo sopesar el tiempo.
Escudriñó el horizonte negro y vacío, algo en su interior iba creciendo y tomando forma.
De pronto vio una silueta  algo borrosa  que se acercaba de forma silenciosa.
Ladeo la cabeza, para su sorpresa pudo reconocerla rápidamente, era “ella”.
La reconocería en cualquier lugar, en cualquier mundo, en cualquier vida que le tocase volver a vivir.
Su piel clara era casi fosforescente, su cabello cobrizo flotaba irreal, tenía la misma ropa que la última vez que se vieron, en la mano izquierda portaba un relicario (él recordaba aquella pieza, le había regalado el último cumpleaños).
Aquellos ojos torturados lo miraron fijamente, el tiempo exacto de toda la eternidad en una fracción de segundos.
Trató de entenderla al menos por aquella vez, quería poder ser parte de aquello que la aquejaba, del horror que la recubría.
Pero no pudo articular ni una sola palabra.
Ella extendió el delgado brazo para alcanzarlo.
-¡No!- gritó él y de un salto se puso en pie.
-¡No!- volvió a gritar.
Toda su mente era una maraña de pensamientos incoherentes,
¿Por qué ella volvía?
¿Por qué ahora?
Aflojó lentamente el puño, miró el arrugado papel, luego la miró con lástima.
Ella entreabrió los labios y para su espanto de ellos un sonido gutural y nefasto brotó.
La vio aterrorizado disolverse en la castaña arena.
(Ahora lloraba tibia, amargamente; volvía a leer aquellas letras, aquel recorte del periódico maldito:
“Joven termina trágicamente con su vida, circunstancias aún no aclaradas.”)

domingo, 23 de mayo de 2010

"B"

(El otro lado, el lado invisible.

Es tan poroso, es casi espantoso.)

Recuerdo que solía ver las luciérnagas por las noches

Cuando buscábamos algo mejor que las horas para consumir.

Tú siempre me dejabas reposar mis orejas sobre tus hombros huesudos.

Y decías que las olas que llegaban a la orilla no sabían hacer el camino de regreso por eso morían en la playa.

Yo reía, porque reír siempre fue más práctico.

Más práctico y más eficaz.

Una vez me diste una piedra muy bonita,

La guardé en el bolsillo del lado izquierdo a la altura del corazón.


Recuerdo que una noche hacía tanto frío y tú estabas tan sin mí,

Te ofrecí versos, besos, vértigos…más nada de eso te fue suficiente.

Dijiste que como las olas no sabias el camino de regreso y yo solo te escuché.

Te escuché por miles y miles de veces en tantas otras noches,

Todas las noches en que volví a la misma playa donde una vez te suicidaste.

martes, 22 de diciembre de 2009

"El visitante"


Intenté contárselo desde un principio, lo juro.

Ella estaba allí en el suelo de la habitación, tenía aquella pollera aldeana con unos girasoles estampados que tanto me gustaban y sus rizos le caían cubriéndole el rostro, estaba absorta mirando un álbum de fotografías.
No sabía cómo empezar, estuve dando vueltas a su alrededor y tratando de encontrar las palabras para decírselo.
Quería contarle la verdad, el por qué real, quería que ella entendiera mis razones, pero ¿Cómo hacerlo?

Tenía los ojos cansados y suspiraba por ratos, por lo que la conocía sabía que estaba molesta y con los últimos tristes acontecimientos supongo que estaría más molesta conmigo que con cualquier otro mortal.

Estaba pensando abrazarla simplemente, sin decir nada.
Rodearla con mis brazos y sentir su dulce aroma de jazmín, su tibia piel.
Pero sospechaba que no lo merecía, no después de aquello.
Que injusta suelen ser a veces las decisiones que tomamos en un impulso,
Sin pensarlo acaso.
Entonces me quedé allí mirándola, mirando mis dedos blancos, deteriorándome por dentro, sintiendo todo el peso del pasado aplastándome.
Ella ladeó la cabeza y levantó la vista al fin.
Era el momento tendría que decirlo,
No habría aplazamiento,
Tendría que armarme de coraje,
Entonces extendí mis manos temblorosamente hacia ella
Y… ¡Horror!
Me asaltó la nefasta duda:
¿Podría verme? ¿Oírme acaso?
Ahora que estaba muerto, aquello era muy duro para mí.

domingo, 1 de noviembre de 2009

“Deseos de cosas sanas”

En el exacto momento en el que sus ojos fueron adquiriendo el color de la duermevela me sorprendí con náuseas apreciando la fina hebra de luz que traspasaba la rendija de la puerta y se posaba en su pecho.
Más una noche, como otra de las tantas en el que excedidos de todos los excesos posibles rendimos culto prolijo a la lujuria.
Detesto sentirlo así, respirando entrecortadamente a mi lado, calentando mi ya recalentado lecho. Detesto tener que cambiar las sábanas cada vez que él se marcha hacia vaya a saber Dios donde. Detesto todo esto.
Hace calor afuera, el cielo habrá despuntando su aurora, pronto los ruidos de la ciudad van a colarse por las persianas, pronto se irá- me repito mentalmente como quien recuerda un trabalenguas.
Como me pone de mal humor este ser, como me fastidia la existencia, aquí durmiendo a mi lado como un bastardo.
Que ganas de abrirle las vísceras y dejar que sangre hasta la muerte.
Que ganas de partirle el hocico a martillazos…que ganas…
-¿Duermes corazón?
No cielo, aquí estoy pensando…en cómo voy a extrañarte cuando te vayas.
-Pero volveré corazón, ya lo sabes…
Si…ya lo sé.
(Apreté dulcemente el cuchillo debajo de la almohada, pronto volvería)

martes, 6 de octubre de 2009

“Primavera.”

Carmine empezó a sospechar que aquel sería un mal día cuando después de desnudarse se metió en la tina, el agua estaba tibia y le parecía un alivio para sus adoloridos músculos.
Sumergió la cabeza casi por completo y luego de algunos segundos volvió a salir a la superficie boqueando.
Trató de calmarse, pero estaba al borde de una crisis histérica.
Sentía tantas cosas inclasificables, de forma automática tomó la esponja enjabonada y la restregó frenéticamente por la piel que iba adquiriendo un tono rojo intenso.
De repente se sobresaltó, creyó oír un ruido sordo en la habitación contigua, aguzó los oídos y se quedó inmóvil, sin poder ni siquiera respirar.
Esta atrapada por el pánico, volvían las imágenes de la noche anterior a reptar hasta su fragilizada mente.
¿Estaba muerto?
¿Realmente lo estaba?
Suspiró hondamente y alargó lentamente el brazo, cogió la toalla y se puso de pie.
Estuvo contemplando su imagen en el espejo, tenía una ceja partida y algo hinchada, fuera de eso, el único rastro de violencia era el que sentía en el dolor del cuerpo, en las vísceras, en la mismísima alma.
Tomó un frasco de Valium del botiquín, se tragó una píldora y se quedó mirando al espejo.
Dios- murmuró para sí misma y cuando sus ojos empezaron a desbordarse en lágrimas volvió a vivir el terror.
En la oscuridad de la habitación una mano tiraba furiosamente de las mantas, la tomaba del pelo, la arrastraba hasta un rincón. Sentía los golpes, sentía como le arrancaba la ropa, ella trataba desesperadamente de defenderse, era inútil solo había oscuridad y un ser que olía a acritud, que respiraba agitadamente, que ansiaba destrozarla.
De una cosa Carmine estaba segura, la muerte rápida podría ser más dulce.
En un impulso, sin darse cuenta de sus actos, asió el velador que tenía a mano y lo reventó contra la cabeza de aquel agresor invisible.
Inhaló, exhaló… recordó las clases de yoga, siguió mirándose al espejo, esta vez algo muy parecido a una media sonrisa se dibujó en su rostro.
Leo, Leo…te dije que habíamos terminado- canturreaba ella mientras bajaba los peldaños de la escalera.
Envuelta en la toalla fue hasta la cocina, abrió el refrigerador y tomó una botella pequeña de cerveza, la destapó y se dispuso a beberla.
Apoyada contra la ventana miraba como unas flores violetas muy pequeñas iban cayendo lentamente sobre el césped del patio.
Primavera-pensó Carmine.
¿Qué has dicho?-Gritó ella al vacío de la estancia.
Fue hasta el freezer y levantó la tapa de aquel cubículo, miró adentro unos minutos.
Brazos, piernas y otros miembros ahora eran un bulto raro y el hielo había formado una costra blancuzca sobre él.
Perdón Leo, no te escucho- dijo-Una risa histriónica se esparció por toda la casa.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

“Cronología.”

Lloviznaba tenuemente en la siesta, Lautaro estaba fumándose su cigarrillo muy detenidamente, casi como un ritual, mirando absorto por la ventana. Por ratos miraba a Juno que estaba inquieto en la habitación, supuestamente debería estar terminando su obra del mes, pero Lautaro lo conocía muy bien, sabía que lo que ocurría era que estaba sin inspiración por lo consecuente bastante irritado.
Soltó una leve risa, meneó la cabeza y continuó apeado al vidrio.
-¡Tú no puedes jugar!- Le vociferó la niña mala.
-¿Por qué? – preguntó tímidamente el niño, casi lagrimeando.
-Eres niño, los niños no juegan con las niñas- sentenció la pequeña brujita de dos colitas.
En ese momento tenía 8 años y no entendía mucho de la vida, pero estaba seguro que aquello era injusto, sin embargo calló, calló tanto y por tanto tiempo, simplemente se cansó de discutirlo, de buscar respuestas, se dejó ser.
A la larga concluyó que algún día tomaría revancha, algún día volvería a hablar.
Pero eso no tenía importancia, se sentía mejor hablando consigo mismo.
Los doctores decían que podría ser autismo, o algún otro síndrome de nombre complicado.
En el fondo Lautaro sabía que era solo su técnica de aislamiento auto -infringido.
Soportó por muchos años los azotes de aquel padre borracho, los llantos incesables de aquella madre cobarde, peros siguió callando, ya llegaría su hora de hablar.
La adolescencia no le pareció muy distinta a la infancia, se dio cuenta que la maldad de las personas y la incapacidad de éstas para aceptarlo seguía siendo igual.
Sin embargo no contó con un factor, el tiempo lo fue tornando un joven demasiado hermoso para lo que se podría llamar normal.
Sus ojos tan verdes que casi parecían transparentes, sus labios rosados y una sonrisa que muy pocas veces la usaba. Por descaso tenía el pelo largo y rubio casi llegándole por debajo de los hombros.
Lo más irónico es que él o bien no tenía conciencia de su belleza o bien no le importaba en lo mínimo.
Había continuado a ser un huraño y mudo joven. Tan desaliñado y enajenado que la gente huía de su posible compañía, sin saber que eso no ocurriría nunca, por más que los planetas se alinearan. Lautaro se alejaba de ellas como el Diablo de la cruz.
-Es hora- dijo él pastosamente, con una voz tan celestial que al oírla su madre casi se desplomó en el suelo.
En 16 años había perdido toda esperanza de oírlo pronunciar una palabra, pero él estaba allí en medio de la sala mirándola con sus enormes y estáticos ojos verdes.
Si se hubiera fijado más detenidamente se hubiera dado cuenta de aquel cuchillo en su mano, de su esposo tendido un poco hacia la derecha de la sala, pero estaba tan perpleja cuando volvió de la feria y escucho a Lautaro hablar que ni siquiera pudo entender el frío metal atravesándole el vientre, haciendo brotar la tibia sangre. No, nunca entendió nada.
La policía supuso que había sido un asalto, el joven no había pronunciado ni una sola palabra durante el interrogatorio. Los vecinos explicaron que aquel adolescente era mudo y retraído con posibles disturbios mentales, pero sumamente inofensivo.
Así quedó el caso.
Apagó el cigarrillo en el cenicero y se alejó de la ventana, volvió a mirar a Juno que ya estaba más tranquilo, casi como un niño escribiendo sobre la mesa.
Suspiró, trató de pensar que era lo que le despertaba aquel chico de la capital que se había instalado sin muchas vueltas en su casa un sábado cualquiera.
Se habían conocido en un museo y luego terminaron en un bar, que terminó en su cama, que terminó en la semana en una mochila y muchos cuadernos dispersados por la casa.
-Es increíble- dijo Juno dando un puñetazo leve a la mesa-¿Tienes idea de lo difícil que es no estar en un día bueno para escribir? Y lo miró con los ojos enrojecidos.
Lautaro, le pasó la mano por la nuca y asintió con un cabeceo casi imperceptible.
-Lo siento – se disculpó Juno, que seguía convencido que aquel hermoso y bien acomodado joven era lo más bueno que le había pasado nunca, encima era mudo, no discutirían nunca.
Lautaro lo dejó a Juno con su rabieta en la sala, salió al jardín que estaba muy mojado, sintió las finísimas gotas de llovizna en la cara, sin embargo siguió caminando tranquilamente por el sendero del costado que llevaba al río. Se había mudado a la antigua casa de veraneo de sus padres poco después de la muerte de estos. Como no tenía parientes que reclamaran nada había quedado huérfano y millonario a la vez, cosa que no le molestaba, lo había planeado muy bien.
En cuatro años Juno fue el primer compañero que él se atrevió a conservar, no el primero, pero no quería recordar los otros, cuando lo hacía siempre había daños colaterales, decidió entonces que mejor no recordar nada hoy, la tarde oscura era demasiado bella, era mejor que siguiera siendo.
El día en que cumplió 15 años Lautaro recibió un extraño regalo, no lo esperaba cuando sus compañeros de colegio lo subieron a la rastra a una furgoneta, simplemente trató de defenderse pero ellos estaban en mayor cantidad. Soportó como había soportado tantas cosas en silencio, pero se encargó de memorizar cada rostro sudado que lo molía a palos, se centró especialmente en aquel que lo había sodomizado con una botella.
Ese invierno la cuidad estaba con los pelos de punta, habían ocurrido 5 asesinatos en el colegio de Lautaro y lo peor era que la policía estaba con las manos atadas, todos ellos tenían la misma firma, pero el asesino era tan astuto que no había dejado el menor rastro.
Lo disfrutó inmensamente al mirar a los ojos del pelirrojo llenos de terror (antes de hacer una escultura con sus vísceras en su habitación) y pronunciar solemnemente:
-Es la hora.
El río estaba turbulento como siempre, le gustaba quedarse en el barranco y mirarlo con devoción. El se sentía parte del río, silencioso y turbulento, corriendo, corriendo…él era el río.
Estaba sentado con las piernas cruzadas en posición de Loto, se soltó el pelo que lo llevaba recogido en la nuca. Había parado de lloviznar, encendió otro cigarrillo y volvió a suspirar.
-Sentía la mano huesuda ceñirse más y más al cuello, sentía que perdía la noción de todo a su alrededor, era dulce sentir la muerte llegando, besándole la oreja.
-¡Maldito bastardo! Gritaba el hombre. ¿Crees que soy estúpido?
¿Acaso piensas que he criado un hijo para ser un poeta maricón?
La mano apretaba más y más, Lautaro se desvanecía. La madre estaba muy quieta con la cuchara de palo en la mano en el umbral de la habitación.
-T e he oído recitando la madrugada pasada, todos estos años y yo creyendo que solo eras un estúpido mudo, Violeta la culpa es tuya, criaste a un imbécil que encima se mofa de nosotros.
La madre ahora lloraba apretándose el delantal- Es solo un niño Marcel, lo estas lastimando. Estás ebrio sabes que nuestro Lautaro no habla pobrecito.
La mano lo soltó, Lautaro sintió como el aire volvía a entrarle por los pulmones, la muerte se alejaba guiñándole un ojo.
Sentado allí en el borde de aquel inmenso río Lautaro sacó de su bolsillo una pequeña libreta forrada en cuero y empezó a recitar con aquella voz ronca que poseía.
Alma lacerada ¿Qué has hecho de tus jóvenes unicornios?
El pueblo de tu origen aun sigue allí; con sus verdes prados y armoniosos ríos, llamándote, llorándote.
¿Qué te ha negado el mundo por lo que escondes en tus pupilas tanto rencor?
¿Qué hay de toda esta música que sin cansarte alma, entonabas?
Bien sé que en el fondo aun belleza anidas, que nunca estuviste más escondida
¡Libérate entonces alma celestial!
¡Deja que en tu río los ángeles vuelvan a cantar!
Soltó una carajada limpia y se levanto dispuesto a volver a la casa.
Caminaba lentamente silbando un viejo tango, estaba de muy buen humor.
Sabía que después de la cena para Juno “sería la hora”.

martes, 26 de mayo de 2009

Sepia

¡Que no!-grité-en la habitación oscura y vacía, el eco de mi voz lejano y agonizante me dio escalofríos.
Grité que no porque en ese instante estaba pensando en Moira y en todas esas cosas que me hacían detestarla y desearla a la vez.
No, no quería volver a sus pies a suplicarle que volviéramos a nuestras bohémicas tardes de consuelo mutuo. El consuelo de tener un alma perdida como la nuestra, libertina y a veces histérica.
¡Ah! Como me podía Moira, ella podía todo conmigo, cuando abría muy seria sus inmensos y gatunos ojos, mi pulso congelaba todas sus funciones.
Sus gestos eran estudiados, era como si me quisiera idiotizar a cada movimiento de sus delgadas manos, a cada lento paseo de su rosada lengua por sus desconcertantes labios. Cuando ladeaba la cabeza coronada de hebras color trigo y reía.
Ella tenía ese poder y para mi joven desgracia ella era plenamente consciente de ello.
¡Que no! Me repetía una y otra vez a mí mismo, quería creer que no estaba tan obsesionado como podría parecer, mientras me decidía a escuchar algo de música para distraer la mente por lo menos un rato.
Pero allí estaba ella, desparramada en todas aquellas notas, era Moira en cada acorde, en cada frase, toda ella cabía en una canción.
Llevando mis nudosos dedos a las sienes lloré...era insoportable toda la belleza y el dolor de oír la misma música que oíamos juntos.
Era recordar como dos manos algún día estuvieron unidas. Como dos ramas de árbol, juntas más distanciadas a la vez.
Era tan desgraciado, lo sabía, pero había algo perversamente placentero en saberme desgraciado.
Saber que mi desgracia sería algo importante en mi vida miserable, un motivo para levantar la nariz y brindar. Eso es linda Moira, soy tan desgraciado gracias a ti...
Las últimas notas de la canción se estaban desvaneciendo junto con la tarde aturdidora,
Junto con los últimos recuerdos y con la poca coherencia que me restaba.
Me asfixiaba dentro de mis jeans y la remera se me pegaba al cuerpo como una reptil piel.
El vaso de whisky sudada y me empedernía en terminarlo una y otra vez para volver a llenarlo, el señor de galera me miraba muy sobrio desde su botella a medio llenar, ¿o vaciar?
Tanto daba, tanto daba todo, la tarde, la noche todo era mareo ya, todo era ganas de saltar por el balcón e ir en busca de Moira.
Pero recordé en medio de mis nauseas algo que era como un sueño, o solo una alucinación azucarada, llena de moscas. Algo que me ardía en el pecho, algo que solo podía ver en flashes colores sepia.
(Pero si al final de cuentas ya no había Moira, ella ya no estaba, no estaba como nunca estuvo en mi maldita vida.)
La imagen se me confundía con las gotas de lluvias distorsionadas en el cristal. Recordaba, o creía hacerlo...
Era ella, Moira seria sentada a mi lado en la cama diciéndome que sí, que yo era parte de su vida pero a su manera, era ella mirándome con esa lástima que solía mirarme a veces cuando todo lo que le ofrecía le parecía demasiado.
Era yo ahogándome en llantos como un niño huérfano y sintiendo su indiferencia filosa sobre mis hombros.
Era ella, arrancando cruelmente mi corazón y dejándolo rodar por los raudales afuera.
¡Siempre era ella!
(Eran mis nudosos dedos apretando aquel grácil y tierno cuello, apretándolos como si de esa manera pudiese dejar de amar, de amar aquel cuello hermoso, aquellos ojos gatunos llenos de lástima)
**
Dando tumbos llegué hasta la otra habitación, allí en la oscuridad pude oír una suave respiración y una ola de alivio recorrió mi espinazo.
Encendí la lámpara y observé la oscura cascada de rizos oscuros desparramados sobre la almohada, aspiré su perfume, sentí en tibio contacto de su brazo moreno.
¿Lloras mi amor?- me preguntó la joven voz de Nadia volviendo de entre los sueños.
¡No!-grité de forma iracunda, ¿cómo podía saber ella que no era Moira?
No, no lo era.
Entibiando mi cama como ella nunca lo hizo, regalándome su amor adolescente como ella nunca lo hizo.
¡Maldita sea! ¿Por qué la vida era tan sarcástica y me regalaba una cosa tan dulce e iluminada como Nadia?
¿Por qué estaba allí al alcance de mis manos?
Duérmete- le ordené mientras apagaba la lámpara y salía a tientas de la habitación.
***
Bajé jadeando hasta el jardín, allí estaba, allí estaba bajo el arbusto de granada, allí estaba ella esperándome.
Moira, mía para siempre, debajo de toda aquella tierra húmeda que tenía algo de su indiferencia, algo de su podrida esencia.